Origen

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Hubo un momento en que la televisión pública era el punto de partida del sistema. No porque fuera la única, sino porque definía el marco: inversión estable, vocación universal, capacidad para sostener géneros que el mercado no siempre considera rentables… Con el auge de las privadas primero y del streaming después, esa centralidad pareció diluirse. El mercado tomó el mando. La escala global marcó el ritmo. Hoy, el contexto vuelve a moverse. La inversión publicitaria en televisión lineal desciende, la conectada crece, las plataformas ajustan gasto y la fragmentación se acelera. En ese escenario, la pregunta no es si la televisión pública debe competir con la privada, sino cuál es su ventaja estructural. Y la respuesta no está solo en la audiencia, sino en la capacidad de sostener inversión cuando el ciclo se enfría, de garantizar producción local, de asumir riesgo cultural y de operar con una lógica que no depende exclusivamente del retorno trimestral. Europa, a diferencia de otros mercados, sigue apoyándose en ese equilibrio entre operadores públicos y privados. No es una cuestión nostálgica ni ideológica; es una cuestión de arquitectura industrial. Cuando el mercado se tensa, alguien tiene que mantener el sistema. Quizá el nuevo ciclo no consista en reinventar el servicio público, sino en recordar por qué sigue siendo una pieza clave del ecosistema audiovisual europeo y por qué, en contra de ciertos pronósticos, las nuevas generaciones no le son ajenas: también están encontrando ahí su propio lugar.

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