Leo esta semana cinco noticias aparentemente inconexas: Character. AI, una empresa de chatbots, se mete a producir microdramas con inteligencia artificial; desde que la CTV está en auge, la prensa también se ha convertido en televisión, ahora que todo el vídeo puede serlo y el salón ya no es territorio exclusivo de las cadenas; Sky compra ITV; Banijay se fusiona con All3Media y levanta el mayor productor independiente del mundo. Por si esto fuera poco, durante el Mundial los creadores nativos digitales concentran casi el 69% de las visualizaciones deportivas en YouTube. Cinco titulares que dan una medida bastante exacta de dónde está esta industria.
Hubo un tiempo en que cada uno tenía su sitio. El que creaba, creaba; el que distribuía, distribuía; el que emitía, emitía. La cadena de valor era una fila india con sus peajes y sus porteros. Ese mundo se ha partido en dos. En uno, cae todo. Lo que ha ocurrido tiene un nombre técnico y poco épico: la tecnología ha derribado las barreras de entrada. Producir cuesta hoy una fracción de lo que costaba, y ocupar un lugar en la cadena de valor está al alcance de casi cualquiera. Se acabaron los porteros. Y, sin embargo, la industria sigue redimensionándose. Las empresas escalan, se compran entre ellas y se hacen colosales, y esa concentración es, en sí misma, otra barrera de entrada: la que no levanta la tecnología, la levanta el tamaño. Europa deja pasar estas operaciones casi sin fricción —se autoriza la concentración de quien produce porque ya está concentrado quien compra—, mientras al otro lado del Atlántico doce estados han llevado a los tribunales la fusión de Paramount y Warner Bros. Discovery. Sorprende hablar de concentración cuando entrar cuesta menos que nunca. Pero entrar no es competir: el mundo ha cambiado, Netflix lo cambió todo, y los gigantes se fusionan amparándose precisamente en que cualquiera puede competir con ellos. Dos universos opuestos, el derecho y el revés. Y aquí está lo inquietante: son el mismo. Porque los dos persiguen exactamente lo mismo —escala—, solo que entran por puertas distintas. El pequeño la busca por abajo, sumando audiencia hasta hacerse grande sin permiso. El gigante la busca por arriba, comprando todo lo que se mueve para no dejar hueco. Uno crece por multiplicación; el otro, por absorción. Pero los dos corren hacia el mismo lugar. Conviene, no obstante, no confundir el ruido con la estrategia. Que cualquiera pueda hacer cualquier cosa no significa que a cualquiera le salga, y hacerse enorme tampoco garantiza sobrevivir. En este mapa, el peaje ya no lo cobra quien tiene el título de propiedad, sino quien controla la pantalla y el dato. La cadena de valor no ha desaparecido: se ha vuelto invisible. Y en el Mundo del Revés, como en el derecho, la partida se juega por la escala.
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