Por Francesca Mandolini
Durante la última década, Europa vivió la euforia de la expansión del streaming: un ecosistema impulsado por la fuerte inversión de las plataformas y la inflación de proyectos. Esa burbuja, sin embargo, se ha desinflado. La contracción del gasto de los grandes players (Netflix, Disney, Amazon) y la creciente presión sobre los fondos públicos nacionales están obligando a repensar cómo se financian, producen y distribuyen las ficciones europeas. Por todo ello, la coproducción ha dejado de ser un recurso financiero para convertirse en el nuevo lenguaje estructural del audiovisual europeo. Hoy, producir en alianza no es una opción estratégica, sino la condición básica de viabilidad para seguir siendo competitivos.
Según el Key Trends Report 2025 del Observatorio Europeo del Audiovisual, las adaptaciones —uno de los motores de producción de la última década— son el doble de frecuentes en las coproducciones (23 %) que en las obras no coproducidas. Es un indicador claro: las alianzas transnacionales no solo amplían la financiación, sino que también permiten abordar proyectos más ambiciosos y con mayor potencial de circulación. Europa transita, así, de un modelo de “producir juntos para sobrevivir” a otro de “producir juntos para crecer”. Este cambio también obliga a revisar el propio significado de coproducción.
De la ingeniería financiera a la visión creativa
Durante años, muchas coproducciones europeas respondieron a una lógica puramente financiera. En una etapa marcada por presupuestos de producción al alza y por la disminución de los recursos de cadenas locales y operadores públicos, la solución parecía evidente: sumar países para completar la financiación y así obtener un presupuesto mayor por un coste unitario menor. El resultado, sin embargo, era a menudo híbrido, con proyectos amplificados para cumplir requisitos ajenos a su esencia y alianzas frágiles.
Romain Bessi, CEO de The Creatives y ejecutivo con un amplio recorrido en la producción europea tras su paso por Newen Studios y Studiocanal, describe bien ese punto de inflexión: “A menudo se añadían elementos locales de otro país simplemente para desbloquear fondos adicionales”. En otros casos, la colaboración se construía entre coproductores que apenas se conocían, cada uno tratando de preservar los elementos “locales” que exigía su comisionador nacional. “Ese tipo de procesos solía desembocar en contenidos híbridos, que no respondían ni a una identidad creativa clara ni a una ambición realmente compartida”.

El cambio de paradigma llega cuando la coproducción se entiende como un proceso que empieza en la historia y en el productor, no en la planilla financiera. “Una coproducción exitosa es algo que nace de la historia y del productor. En The Creatives trabajamos así: buscamos contar la mejor historia, donde sea que se produzca, con los mejores guionistas y directores, sea cual sea su nacionalidad”.
La clave —añade— está en la relación previa entre los productores: “Nos conocemos muy bien y confiamos creativamente unos en otros. La combinación de productores es lo que potencia el valor creativo y evita caer en un ‘consenso creativo’ débil destinado únicamente a preservar las aportaciones financieras de cada inversor”.
Este enfoque explica el modelo impulsado por The Creatives, alianza que reúne a nueve productoras europeas —de Francia a Alemania, Países Bajos, Noruega o Reino Unido— en un sistema cooperativo en el que los accionistas son, precisamente, los productores. El grupo ya ha coproducido diez películas y series antes incluso de consolidarse como empresa independiente. Su estructura busca alinear intereses creativos y empresariales sin recurrir al modelo clásico de fusiones y adquisiciones que ha marcado la industria.
Sobre la evolución del mercado, Bessi recuerda que el gasto de las plataformas “sigue siendo sustancial, ya que financian al menos el 25 % de las series europeas actuales”. El desequilibrio, señala, se sitúa en otros frentes: los canales públicos —que sostienen un tercio de la ficción europea— operan bajo una presión presupuestaria creciente; las cadenas comerciales compiten por una publicidad digital dominada por YouTube, que no encarga contenido pero sí absorbe inversión; y, en última instancia, las plataformas locales de pago y SVOD se enfrentan a actores globales con escalas inalcanzables.
Para Bessi, la conclusión es clara: Europa debe garantizar que el ecosistema siga siendo sostenible para los creadores locales. “Debemos proteger a los actores europeos y asegurar que las plataformas globales operen bajo las mismas reglas”, afirma el ejecutivo. “Los modelos más eficaces —como las cuotas de inversión obligatoria en Francia e Italia— deberían extenderse en toda Europa”.
De lo local a lo global
Si las grandes alianzas transnacionales marcan una parte del camino, la experiencia de productores independientes con proyección internacional confirma esa lógica desde otro ángulo. Para Alfonso Blanco, CEO de Portocabo, la coproducción es tanto una herramienta creativa como un vector de crecimiento: “En los últimos años hemos notado que el apetito por contenidos en coproducción ha aumentado y cada vez se trabaja más en proyectos colaborativos y con posibilidades de ‘ventaneo’ internacional. Para nosotros no es nuevo: llevamos más de 15 años coproduciendo. La diferencia es que ahora es más fácil encontrar socios y hay mayor conciencia sobre el valor de la colaboración”.
Para Blanco, cuanto más auténtica es la historia, más universal se vuelve. “En Weiss & Morales, la autenticidad fue clave: casos vinculados a la comunidad alemana en Canarias permitieron que la serie funcionase extraordinariamente en Alemania, con un 16 % de share. La verdad local generó interés global”.
Los éxitos de Portocabo (Hierro, Rapa) confirman que una identidad creativa sólida no limita la circulación internacional: la impulsa. “Las mejores coproducciones parten del contenido. Encontrar una idea que pueda funcionar en más de un territorio y, a partir de ahí, desarrollar un plan de financiación adecuado. Condicionar la escritura desde el principio por exigencias financieras puede ser muy peligroso”, reafirma Blanco, añadiendo que “el equilibrio se logra cuando el proyecto mantiene su esencia creativa y la financiación se adapta para potenciarlo, no para moldearlo artificialmente”.

La animación como laboratorio
La animación anticipó, mucho antes que la ficción, tendencias que hoy definen la producción europea: presupuestos elevados, riesgo compartido, cadenas transnacionales de financiación y una explotación industrial que trasciende la pantalla. Datos recientes del OAE confirman que la coproducción es especialmente relevante en este género: entre 2017 y 2024, el 42 % de las películas animadas europeas fueron coproducciones internacionales, frente al 27 % del cine de acción real. Europa produce alrededor de 55 largometrajes animados al año, una escala que solo es sostenible con alianzas transfronterizas y múltiples ventanas de explotación.
Así lo explica Maria Bonaria Fois, presidenta de Digitoonz Media & Entertainment Spain: “La animación ha sido pionera por un tema de presupuesto. Producir una serie o película de animación es carísimo, y los tiempos son más largos que en ficción. Eso obligó a abrirse al exterior”.
Pero, además del factor económico, la animación opera con una ventaja diferencial: su capacidad de viajar sin fricción cultural. “La animación es más global y menos geolocalizada. La ficción debe mantenerse más fiel a las necesidades del público local; en cambio, los niños tienen menos barreras culturales y pueden disfrutar historias universales”, explica Fois.
Más allá de la producción, según Fois hoy el éxito de una coproducción animada se mide en el ecosistema ampliado que genera alrededor del contenido. “Ya no se trata solo de vender derechos de emisión. Una coproducción animada funciona si, junto al contenido, somos capaces de construir un soporte transmedia sólido: videojuegos, licensing, merchandising y, sobre todo, contenido corto para canales digitales”.
La animación demuestra, así, que la coproducción no es únicamente un mecanismo financiero, sino un modelo industrial completo basado en creatividad, diversificación y expansión global.
El futuro de las coproducciones
Con un mercado más fragmentado que nunca, el papel de los canales públicos sigue siendo crucial. “Las televisiones públicas deben seguir siendo el motor de las coproducciones europeas”, afirma Blanco. Para ello, insiste, es necesario que los fondos públicos “se consoliden y se diversifiquen, cubriendo desde el contenido más cultural hasta el más industrial”.
También están cambiando las métricas del éxito: ya no basta con audiencias lineales. Hoy importan las ventas internacionales, el consumo en diferido, el impacto territorial, el valor de marca y el retorno cultural. Europa está empezando a incorporar estas dimensiones en sus políticas de financiación y evaluación.
En paralelo, modelos como The Creatives anticipan un ecosistema menos dependiente de las fusiones y más orientado a alianzas horizontales, flexibles, creativamente alineadas y capaces de generar escala sin perder identidad.
A medida que Europa busca nuevas formas de financiar, estructurar y globalizar su producción, emerge una convicción compartida: la competitividad del continente dependerá de su capacidad para construir alianzas estables, proteger su ecosistema creativo y producir historias que viajen sin diluir su esencia.
La nueva etapa de la coproducción europea no es una reacción defensiva: parece más bien la construcción deliberada de un modelo de crecimiento y autonomía.
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