En la industria televisiva, las revoluciones rara vez llaman a la puerta de la franja de máxima audiencia. De hecho, suelen llegar de otros lugares, de países poco relevantes. Un buen ejemplo de ello son los duanjus, también llamados microdramas, un formato muy distinto a las series premium que no necesita grandes ventanas exclusivas ni la parrilla de toda la vida.
La realidad es que en estos lugares remotos del sector audiovisual se está gestando una de las transformaciones más interesantes y potencialmente desestabilizadoras para el ecosistema televisivo. Esto se debe a que este formato promete a los operadores eficiencia y rapidez a bajo coste, una producción simple, ciclos de desarrollo muy rápidos y un tiempo de comercialización extremadamente competitivo. En un momento en que las ficciones premium siguen aumentando su presupuesto y el rendimiento económico de los contenidos es cada vez más difícil de predecir, los duanjus proponen una lógica prácticamente opuesta: producir mucho, realizar pruebas rápidas, analizar los datos y corregir el rumbo. Este enfoque basado en datos es uno de los principales puntos fuertes del formato. El éxito de un duanju se mide por la curva de retención, prácticamente segundo a segundo de cada episodio, que se acaba convirtiendo en un experimento narrativo supervisado en tiempo real. Y es precisamente aquí donde se esconde uno de los riesgos más evidentes. Si la producción se rige por la lógica del algoritmo, la creatividad corre el riesgo de quedar subordinada a los datos y el valor económico del contenido puede acabar en manos de quienes controlan las plataformas, la distribución y los datos. Además, no debemos olvidar que un duanju puede funcionar como una fábrica de prototipos narrativos y, en este sentido, más que un competidor de las series tradicionales, puede convertirse en una fase preliminar del proceso creativo. Este es un aspecto interesante para el desarrollo editorial.
Cabe señalar que a este formato le sienta muy bien la aplicación de la inteligencia artificial, que podría acelerar aún más la evolución y las contradicciones de este mercado. De hecho, su duración y estructura lo hacen especialmente adecuado para procesos de escritura y desarrollo automatizados o semiautomatizados. Ahora bien, hay que tener cuidado cuando los contenidos se vuelven fácilmente replicables y similares entre sí, porque existe el riesgo de que se mercantilicen, lo que conlleva una pérdida de diferenciación y de valor de cada título.
Todo esto lleva al sector a plantearse qué significa realmente el duanju para las emisoras tradicionales. Esa es la pregunta clave y el doble reto al que se enfrenta. Por un lado, el formato puede servir para supervisar el consumo móvil, aprovechar los periodos entre temporadas, mantener viva la interacción y el compromiso de las comunidades, y atraer a un público joven. Partiendo de esta premisa, el formato podría convertirse en un laboratorio editorial y en una herramienta para desarrollar nuevos productos.
Por otro lado, no debemos subestimar el riesgo de una erosión silenciosa del tiempo de consumo. El duanju no necesariamente resta audiencia a la ficción premium, pero puede hacer que las series “medianas”, que a menudo constituyen el núcleo de la oferta, sean más vulnerables. En cualquier caso, no hay motivo de alarma, ya que el duanju no sustituirá a las series tradicionales ni a la máxima audiencia, pero sí que ha llegado el momento de que los concesionarios de las cadenas y las agencias de publicidad se planteen cómo integrarlo estratégicamente para evitar que se convierta en un competidor interno que pueda canibalizar valor en lugar de generarlo. Eso sí, sin olvidar que el factor tiempo también podría marcar la diferencia en este caso.
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