Una oportunidad que no se puede desaprovechar

A nadie se le escapa que, en los últimos años, la industria televisiva mundial ha sido testigo de lo que podríamos llamar “desacoplamiento creativo”. En este fenómeno, las empresas estadounidenses se resisten a perder la hegemonía en términos de disponibilidad de contenidos y éxito, mientras que su capacidad de producción, especialmente en el ámbito de las series, cae en picado. Y, si esto supone una llamada de atención para Hollywood, Europa y España en particular, podría ser una oportunidad que no debe dejarse escapar. Según los analistas internacionales, los pedidos de películas y series a empresas estadounidenses cayeron en los primeros meses de 2025. En concreto, Ampere Analysis habla de hasta un 30 % menos que en 2023. Dicho esto, aún no estamos en el ocaso de los contenidos estadounidenses, pero es un hecho que, con el tope de abonados alcanzado en Estados Unidos, los principales servicios de streaming (léase Netflix, Amazon y Warner Bros. Discovery), están trasladando, Trump mediante, el eje de sus inversiones al extranjero, especialmente a Europa occidental y la región de Asia-Pacífico. Este flujo de capital coincide con un enfoque orientado al ROI y a la rentabilidad. Las plataformas exigen contenidos más sostenibles económicamente, lo que implica producciones menos colosales, más dramas episódicos, comedias ligeras y contenidos basados en hechos reales. Esta estrategia encaja bien con el ecosistema de producción europeo, que siempre se ha orientado más hacia la calidad narrativa que hacia la megalomanía visual. En este contexto, creo que es innegable que España está llamada a experimentar un cambio de paradigma. Con una infraestructura de producción sólida, el país tiene todas las credenciales necesarias para aspirar a convertirse también en un laboratorio creativo. No obstante, es necesaria una política industrial coherente, con incentivos fiscales estables, apoyo al desarrollo (no solo a la producción) y estrategias integradas para la exportación. Y, sobre todo, es necesario un cambio de mentalidad: habrá que escribir y producir pensando en un público global sin traicionar la identidad cultural. La ralentización de la producción estadounidense no supone el fin de la inuencia americana, sino la apertura de un espacio de intervención sin precedentes para los actores europeos. En este nuevo equilibrio, España y Europa deben decidir si quieren seguir siendo meros receptores pasivos del capital internacional o convertirse en actores activos con la suficiente capacidad para redefinir y dictar los códigos del entretenimiento mundial.

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