A nadie se le escapa que la industria televisiva europea está atravesando una de sus etapas más complicadas. Los públicos cambian más rápidamente de lo que los modelos industriales pueden adaptarse, por lo que esta crisis se parece más a una transformación estructural que a una caída en picado. Así lo indica también el último estudio de BCG y NativeResearch, titulado How European Broadcasters Can Compete with Global Streaming Giants, según el cual el 97% de los europeos prefiere ver vídeos en plataformas de streaming o redes sociales. Una cifra que habla por sí sola: la televisión ya no es el principal medio de consumo de entretenimiento audiovisual. El 73% de los hogares europeos paga al menos una suscripción a un servicio de streaming y una quinta parte de los espectadores accede únicamente a contenidos por internet y nunca enciende la televisión lineal.
En otras palabras, la programación tradicional está llegando a su fin, ya que la experiencia televisiva depende ahora de los algoritmos. O, lo que es lo mismo, para la mitad de los usuarios jóvenes la elección de contenidos comienza con la navegación a través de las recomendaciones de las plataformas digitales. La consecuencia es que el sistema televisivo europeo carece de un terreno común para el descubrimiento: el zapping ha sido sustituido por el scroll, y con él se ha perdido la aleatoriedad cultural que siempre había convertido a la televisión en un espacio compartido.
Entonces, ¿ha perdido la televisión su importancia simbólica? No, de hecho, el 71 % de los europeos sigue considerándola inuyente y el 70 % la considera una fuente de información y contenidos fiable. La crisis, por tanto, no tiene que ver con la confianza del público, sino con la forma en que se presenta la televisión. Durante décadas, los organismos de radiodifusión han basado su valor en la programación lineal y en su función de filtro y selección de contenidos. Sin embargo, en la actualidad, este papel se ha visto erosionado por una nueva lógica: la personalización algorítmica, que sustituye la intermediación editorial por la elección automática. El público ya no busca lo que quiere ver, sino que espera que una plataforma se lo recomiende.
En este contexto, YouTube se presenta como el mayor reto y la mayor oportunidad. No es solo un competidor, sino el símbolo de la nueva forma de producir, distribuir y monetizar contenidos audiovisuales. Durante el último MipCom de Cannes, la plataforma de Google dejó clara su estrategia: alianzas con BBC Studios, Banijay, RTL y ProSieben para la distribución de contenidos, así como una mayor apuesta por la producción de YouTube Shows, que son auténticos canales editoriales digitales. Esto supone una llamada de atención para los organismos de radiodifusión, así como una pista sobre el camino a seguir. YouTube supone una amenaza porque está erosionado la base de audiencia juvenil de la televisión y está desplazando la atención hacia contenidos breves, inmediatos y muy personalizados. Sin embargo, también es un laboratorio en el que se puede experimentar con nuevos lenguajes, formatos y modelos de producción. En definitiva, es posible que YouTube no mate a la televisión, pero sin duda la obliga a mirarse en el espejo. Y lo que ven no es fácil de aceptar para muchos. Esto se debe a que varios organismos de radiodifusión han interpretado esta transición como un simple cambio de plataforma, cuando el problema es más profundo: la cuestión no es dónde se emite, sino cómo se genera valor en un entorno en el que el público también es productor, comentarista y distribuidor. Y son pocos los que lo han entendido.
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